Pocos artistas han sido redescubiertos y revalorados de manera tan notoria luego de su muerte. Es el karma de la historia de Nick Drake: escaso éxito en vida, artista de culto desde la tumba, reconocido, recomendado y admirado hasta la eternidad, sobre todo por críticos, melómanos y músicos de las siguientes generaciones.
Es que, durante mucho tiempo, la música de Nick Drake ha sobrevolado la música de otros: Tom Verlaine, Paul Weller, R.E.M., Elliott Smith, Badly Drawn Boy, Belle & Sebastian, American Music Club, Lou Barlow, Isobel Campbell, Devendra Banhart… Y la lista sigue, incluso con nombres esenciales de la cultura pop, como The Cure y Blur. También fue reinterpretado, por supuesto: de Elton John a Norah Jones, pasando por grupos de rock como The Mars Volta y pianistas de jazz como Brad Mehldau, las canciones de este mítico cantautor inglés resonaron en distintas formas y estilos.
Es que, durante mucho tiempo, la música de Nick Drake ha sobrevolado la música de otros: Tom Verlaine, Paul Weller, R.E.M., Elliott Smith, Badly Drawn Boy, Belle & Sebastian, American Music Club, Lou Barlow, Isobel Campbell, Devendra Banhart… Y la lista sigue, incluso con nombres esenciales de la cultura pop, como The Cure y Blur. También fue reinterpretado, por supuesto: de Elton John a Norah Jones, pasando por grupos de rock como The Mars Volta y pianistas de jazz como Brad Mehldau, las canciones de este mítico cantautor inglés resonaron en distintas formas y estilos.
Nacido en Birmania, el 19 de junio de 1948, Nicholas Rodney Drake fue seducido por la música desde muy temprana edad, en especial gracias a su madre, Molly, quien incentivó a su hijo en todo sentido, no sólo para que aprendiera piano y guitarra, sino también para que grabara sus primeras canciones en una cinta magnética.
Había algo especial en Nick Drake, sin dudas. Sus melodías eran mágicas: fuertes y aterciopeladas al mismo tiempo, cálidas, envueltas por una voz hecha de hermosos resoplidos, pero también capaz de transmitir un fatalismo nunca antes escuchado.
Ahora bien, la pregunta del millón: si era tan bueno, ¿por qué no cautivó al gran público en su época? Parte de esto tuvo que ver la atención que acaparaban sus contemporáneos, como Donovan y Van Morrison, que habían irrumpido con una propuesta musical afín (canciones de base acústica con pequeños arreglos orquestales), pero también con una temática menos perturbadora (recuerden que era la época del flower power, y la profunda melancolía de Drake no era lo más adecuado para los hippies).
Por otra parte, además, Nick se negaba constantemente a tocar en vivo. Y eso, claro, no ayudaba. Años antes, sin embargo, un show en vivo suyo le permitió conseguir un contrato discográfico… La historia cuenta que un miembro de Fairport Convention presenció un concierto de Nick en Cambridge y, de inmediato, se lo recomendó al célebre productor Joe Boyd. Así fue que, en 1968, se abría el camino de este joven y oscuro songwriter de tan sólo 20 años…
En 1969, salió su álbum debut, “Five Leaves Left”. Una obra maestra del folk británico, envuelto por una atmósfera tan única como cautivante, llena de melodías embriagadoras, timbres acústicos y exquisitos arreglos de cuerdas. Luego, en 1970, siguió su segundo trabajo, “Bryter Later”, marcado por una búsqueda rítmica distinta, así como ciertos trazos de jazz a la hora de arreglar las canciones.
Ninguno de estos discos vendió bien, y eso afectó bastante a Drake, al punto de caer en una severa depresión (por entonces, no sólo le resultaba muy difícil hacer música, sino incluso hablar y caminar). Pero habría fuerzas para un último esfuerzo: “Pink Moon”, lanzado en 1972. Un álbum que, por su desnudez acústica y su sombría belleza, se transformó en un hito en la historia del rock.
El 26 de noviembre de 1974, Nick Drake murió a causa de una sobredosis de antidepresivos en casa de sus padres. Se especuló con que se había tratado de un suicidio, pero sus familiares y amigos lo negaron. Tiempo después asomaron algunas canciones que luego vieron la luz en un compilado póstumo: “Time of No Reply”.
Artista de culto, venerado como un dios por las nuevas generaciones. Diamante opacado, genio melancólico, romántico como los poetas del siglo 19. Talentoso como los más grandes, de Cohen a Dylan, pero relegado al reconocimiento tardío. Muchas son las cosas que se han dicho de Nick Drake, sobre todo por lo poco que se supo mientras vivió.
Queda su música, por suerte: tres discos brillantes, recientemente reeditados. Y eso, claro, es suficiente. Para empaparse de magia, para tomar noción de la magnitud de su legado y, finalmente, para comprender por qué su culto sigue expandiéndose.
Había algo especial en Nick Drake, sin dudas. Sus melodías eran mágicas: fuertes y aterciopeladas al mismo tiempo, cálidas, envueltas por una voz hecha de hermosos resoplidos, pero también capaz de transmitir un fatalismo nunca antes escuchado.
Ahora bien, la pregunta del millón: si era tan bueno, ¿por qué no cautivó al gran público en su época? Parte de esto tuvo que ver la atención que acaparaban sus contemporáneos, como Donovan y Van Morrison, que habían irrumpido con una propuesta musical afín (canciones de base acústica con pequeños arreglos orquestales), pero también con una temática menos perturbadora (recuerden que era la época del flower power, y la profunda melancolía de Drake no era lo más adecuado para los hippies).
Por otra parte, además, Nick se negaba constantemente a tocar en vivo. Y eso, claro, no ayudaba. Años antes, sin embargo, un show en vivo suyo le permitió conseguir un contrato discográfico… La historia cuenta que un miembro de Fairport Convention presenció un concierto de Nick en Cambridge y, de inmediato, se lo recomendó al célebre productor Joe Boyd. Así fue que, en 1968, se abría el camino de este joven y oscuro songwriter de tan sólo 20 años…
En 1969, salió su álbum debut, “Five Leaves Left”. Una obra maestra del folk británico, envuelto por una atmósfera tan única como cautivante, llena de melodías embriagadoras, timbres acústicos y exquisitos arreglos de cuerdas. Luego, en 1970, siguió su segundo trabajo, “Bryter Later”, marcado por una búsqueda rítmica distinta, así como ciertos trazos de jazz a la hora de arreglar las canciones.
Ninguno de estos discos vendió bien, y eso afectó bastante a Drake, al punto de caer en una severa depresión (por entonces, no sólo le resultaba muy difícil hacer música, sino incluso hablar y caminar). Pero habría fuerzas para un último esfuerzo: “Pink Moon”, lanzado en 1972. Un álbum que, por su desnudez acústica y su sombría belleza, se transformó en un hito en la historia del rock.
El 26 de noviembre de 1974, Nick Drake murió a causa de una sobredosis de antidepresivos en casa de sus padres. Se especuló con que se había tratado de un suicidio, pero sus familiares y amigos lo negaron. Tiempo después asomaron algunas canciones que luego vieron la luz en un compilado póstumo: “Time of No Reply”.
Artista de culto, venerado como un dios por las nuevas generaciones. Diamante opacado, genio melancólico, romántico como los poetas del siglo 19. Talentoso como los más grandes, de Cohen a Dylan, pero relegado al reconocimiento tardío. Muchas son las cosas que se han dicho de Nick Drake, sobre todo por lo poco que se supo mientras vivió.
Queda su música, por suerte: tres discos brillantes, recientemente reeditados. Y eso, claro, es suficiente. Para empaparse de magia, para tomar noción de la magnitud de su legado y, finalmente, para comprender por qué su culto sigue expandiéndose.
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